Verso

El perrito que cuidaba las estrellas

En el libro: David Martinez

El perrito que cuidaba las estrellas

En una casa pequeña,

junto a un viejo ventanal,
vivía un perro de orejas largas
y mirada de cristal.

Tenía el pelo dorado,
las patitas color miel,
una mancha sobre el pecho
y un cascabel en la piel.

Cada mañana despertaba
cuando comenzaba a clarear,
y con su cola inquieta
hacía a la casa bailar.

Corría por los pasillos,
saltaba sobre el sillón,
y despertaba a su familia
con ladridos de emoción.

Su nombre era Valentín,
aunque le decían Valiente,
porque cuidaba la casa
con su corazón ardiente.

No le temía a las sombras,
ni a los truenos del verano,
pero buscaba compañía
cuando no encontraba una mano.

Le gustaba perseguir hojas
cuando soplaba el vendaval,
y pensaba que eran barcos
navegando hacia algún mar.

Olfateaba cada piedra,
cada flor y cada rincón,
como si el mundo guardara
un secreto en su interior.

Cuando encontraba una rama,
la llevaba con honor,
como si fuera un tesoro
de incalculable valor.

Después cavaba en la tierra
con paciencia y decisión,
enterrando sus juguetes
sin ninguna explicación.

Su familia lo miraba
y comenzaba a sonreír,
porque donde estaba Valiente
era imposible no reír.

Pero el perro no era solo
un travieso juguetón;
también sabía reconocer
la tristeza del corazón.

Si alguien llegaba cansado
de una tarde larga y gris,
él se acercaba en silencio
y apoyaba allí su hocico feliz.

No preguntaba qué ocurría,
ni buscaba una razón;
simplemente se quedaba
acompañando el dolor.

Porque un perro no precisa
entender cada palabra;
le alcanza escuchar el alma
cuando el alma ya no habla.

Una noche de invierno,
cuando el viento hacía temblar
las ventanas de la casa
y las ramas del nogal,

Valentín salió al jardín
y se puso a contemplar
un cielo lleno de luces
que no dejaban de brillar.

—¿Qué serán esas luciérnagas
que no puedo alcanzar?
¿Serán juguetes perdidos
que alguien olvidó guardar?

Y ladró hacia las estrellas,
una vez, dos y hasta tres,
esperando que alguna de ellas
descendiera hasta sus pies.

Pero las luces siguieron
muy lejanas, en su lugar,
dibujando sobre el cielo
mil caminos de cristal.

Entonces vio una pequeña,
la más débil del montón,
que temblaba entre las nubes
como tiembla una canción.

Valentín pensó preocupado:
“Esa estrella tiene frío;
voy a quedarme a cuidarla
aunque me congele el rocío”.

Y se acostó entre las flores,
con el hocico hacia arriba,
vigilando aquella estrella
para que siguiera viva.

Pasaron lentas las horas,
pasó la luna también,
y él no apartó la mirada
de aquel diminuto vaivén.

Hasta que llegó una niña
envuelta en un cobertor;
era su amiga más querida,
la dueña de su corazón.

—¿Qué estás haciendo, Valiente?
Ven adentro, por favor.
Esta noche está muy fría
y aquí afuera sopla feroz.

El perrito, con sus ojos,
le explicó sin pronunciar
que una estrella estaba sola
y la tenía que cuidar.

La niña miró hacia el cielo
y comprendió su intención;
se sentó junto a su amigo
y lo abrazó con emoción.

—No está sola —dijo ella—,
porque la estás viendo tú.
Y tampoco estás tú solo,
porque estoy cuidando tu luz.

Los dos quedaron unidos
bajo la inmensa oscuridad,
mientras el viento cantaba
una canción de amistad.

Desde entonces, cada noche,
antes de irse a descansar,
Valentín salía al patio
y observaba aquel lugar.

La pequeña estrella estaba
esperándolo también,
titilando alegremente
cuando lograba verlo a él.

Una noche, aquella estrella
pareció caer al jardín,
dejando un camino blanco
justo enfrente a Valentín.

El perrito fue corriendo
con asombro y emoción,
pero solo halló una piedra
con forma de corazón.

La tomó entre sus dientes
y la llevó a su hogar,
convencido de que el cielo
se la acababa de enviar.

La guardó bajo su manta,
junto a su viejo collar,
y soñó que entre las nubes
aprendía a caminar.

Soñó que tenía alas
del color del girasol,
que saltaba entre planetas
y perseguía al sol.

En su sueño, las estrellas
lo invitaban a jugar,
arrojándole cometas
que debía regresar.

Él corría por la luna,
daba vueltas sin parar,
y sus huellas luminosas
se convertían en un collar.

Pero al despertar temprano,
cuando oyó a la niña hablar,
comprendió que aquí en la Tierra
era donde debía estar.

Porque allí tenía su casa,
su comida y su sillón,
las caricias de la niña
y una inmensa colección

de pelotas mordisqueadas,
de ramitas y un cordón,
de zapatos escondidos
y algún calcetín marrón.

Pasaron muchos inviernos,
muchos días bajo el sol;
la pequeña se hizo grande
y Valiente envejeció.

Ya no corría tan ligero,
ya no saltaba el portón,
pero conservaba intacto
su bondadoso corazón.

Caminaba lentamente
por el borde del jardín,
y al llegar cada noche
se acostaba junto al jazmín.

La muchacha se sentaba
a su lado, como ayer,
y acariciaba sus orejas
hasta verlo adormecer.

—¿Recuerdas aquella estrella
que querías proteger?
Sigue brillando en el cielo,
porque nunca la dejaste caer.

El perrito la miraba
con ternura y gratitud;
para él, su estrella más bella
siempre había sido tú.

Una madrugada tranquila,
cuando el cielo estaba azul,
Valentín cerró los ojos
abrazado por su luz.

No hubo truenos ni hubo sombras,
no hubo miedo ni dolor;
solo un viento muy pequeño
con perfume de una flor.

Y dicen que aquella noche
algo comenzó a brillar:
junto a la estrella pequeña
otra luz tomó su lugar.

Tenía forma de perrito,
cola inquieta y color miel,
una mancha sobre el pecho
y un brillante cascabel.

Desde entonces, cuando un niño
siente miedo o soledad,
una estrella con orejas
lo acompaña desde allá.

Cuida todos sus juguetes,
cuida el sueño y el hogar,
espanta las pesadillas
con un diminuto ladrar.

Y la joven, ya crecida,
cuando mira aquel confín,
sabe que aún sigue cuidándola
su querido Valentín.

Porque los perros que amamos
nunca se marchan del todo:
se quedan en nuestras vidas,
en nuestro corazón y en todo.

Viven dentro de una risa,
en las huellas del jardín,
en la manta junto al fuego
y en las flores de jazmín.

Viven cuando pronunciamos
con cariño aquel nombre fiel,
cuando vemos una estrella
con destellos color miel.

Y aunque pasen muchos años
y el recuerdo cause dolor,
cada perro deja al mundo
un poquito de su amor.

Un amor sencillo y limpio,
sin orgullo ni condición,
de esos que encuentran refugio
para siempre en el corazón.

Por eso, si alguna noche
ves una estrella saltar,
no le pidas un deseo
ni la quieras alcanzar.

Tal vez sea algún perrito
que ha regresado a jugar,
persiguiendo entre las nubes
una pelota lunar.

Sonríele desde abajo,
déjale tu corazón,
porque él estará cuidándote
desde su constelación.

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