Manuscrito
¡Me potencio… y voy por más! Memorias de una mujer que aprendió a vivir a los cincuenta. I
- Buenos días Glorita. Te saludo y quiero decirte que estamos juntas en este proyecto…hoy empezamos a trabajar duro, con el fluído de emociones para plasmarlas en un escrito…muchos sentimientos nos van a ir surgiendo para completar cada vez más, este paso por la vida.
- Me saludé con un dulce diminutivo porque a esta niñita aún hoy, con cincuenta y seis años le hacen cosquillitas en el oído las palabras amorosas no escuchadas.
Estos últimos años las circunstancias imprevistas (se las contaré más adelante) exigieron que enfoque mi vida en autoconocimiento, transformación personal y de fortalecimiento de mi autoestima. Reinventarme fue un recurso totalmente saludable para incursionar hacia adentro de mí misma, cada vez más profundo, como si pelara una cebolla, piel a piel hasta llegar al corazón y conocerme en mi estado puro. Tras el despojo de esas pesadas máscaras que fui adquiriendo día a día, con el objetivo de agradar.
La dualidad es parte de la realidad en la que percibimos dos caras de una misma moneda.
He dejado al descubierto mis fibras más íntimas con el fin de transmitir nuestro linaje y procedencia, nuestras raíces dan fundamento a lo que somos.
Revelar mi vida no ha sido tarea sencilla porque traté de hacerlo con la mayor autenticidad posible. Lo que sentí o viví, quedó en la narrativa de los hechos desde mi punto de vista, y con los recuerdos que venían a mi memoria. Así mismo, mi protagonismo me ha puesto en dificultades, más de una vez, para discernir entre lo real y lo subjetivo.
Cada uno crea su propio sentido del mundo, basándose en una percepción única e irrepetible, aunque todos los integrantes de la familia hayan vivido las mismas situaciones.
Permítanse liberar los sentimientos que les provocan estas letras, pero eviten que prevalezca el dictado de vuestra mente teñida de juzgamientos. Porque detrás de este papel protagónico hay una persona, que desde lo humano ha sentido y vivido como pudo, con la conciencia que tenía.
“A mis hermanos mayores”
Un día alguien tomó la decisión por ustedes.
No sé si estaban preparados para partir…nuestros padres, sin comprender, pensaban en el hijo que no nació.
—
Mi primer hermano mayor,
a tí yo podría explicarte con ternura,
qué se siente tener una hermana viva. La que nació cuando te marchaste, dejando a nuestros padres a la deriva.
Te cuento que tú hubieras sido un niño.
Y a ella, felizmente la nombraron nuestra hermana.
Les devolvió la alegría el inicio de la paternidad, y vino al mundo con el propósito de enmienda.
—
Mi segundo hermano mayor.
Tú me cediste el lugar…
y yo viví.
Esas caricias que estaban reservadas para tí,
las he disfrutado yo.
Pensaron en un nombre de mujer resignando el varón que no pudo ser.
—
Hermanos …
ya los vi.
Existen en cualquier rincón de esta eternidad
y aunque nos separa la vida, el amor nos une.
Agradezco que nos iluminen
cuando nuestra luz, opaque su brillo.
Pídanle al universo que nos recuerden quienes somos cada vez que nos confunda la duda
o las penas, nos ajuste el corazón.
A veces actuamos
sin entender demasiado
y sentimos que
cuando una de las dos se vuelve sombra,
la otra, de algún modo,
también pierde su luz.
Pero solo basta que una se encienda
para que volvamos
a iluminarnos.
Hermanos mayores…
son mi regocijo, mi tesoro,
mis confidentes y mi apoyo.
¡Están al lado mío!
Están en la inmensidad como ángeles sin edad
donde no existen las distancias.
Son mis guardianes del cielo
mi sol en invierno
mi sustento y mi pilar
que no pretendo olvidar.
Humo blanco que vienes en mi inspiración
y que me envuelves en la pureza más sublime.
Les hablo y son mi escucha,
la conexión más interna a la inocencia,
los imagino en mi suelo
mostrándome el camino que yo no veía.
Ustedes saben
que es hora de tomar nuevas decisiones en mi vida,
que tal vez no haya sido una batalla perdida
sino un tránsito ganado.
Crecí dentro de un núcleo familiar donde el perfeccionismo parecía ser uno de los pilares fundamentales: desde niña me resultó difícil encajar en ese molde. Sentía que debía alcanzar expectativas que siempre parecían estar un poco más allá de mis posibilidades. La humillación y la falta de confianza fueron debilitando la seguridad en mí misma. Por más que intentara responder a lo que se esperaba de mí, quedaba la sensación de no ser suficiente.
Tal vez una de las batallas más profundas de mi historia haya sido, precisamente, aprender a dejar de medirme con aquella vara y comenzar a descubrir mi propio valor.
Yo, confieso que estos halagos me hacían sentir privilegiada, aunque entonces no podía comprender lo que aquellas palabras iban sembrando en mí.
—¡Qué buena!.
—¡Qué tranquila, siempre pachorrienta!
—Siempre hace caso y nunca protesta.
Ser dócil y no incomodar, parecían otorgarme un lugar especial ante los ojos de los adultos. Sin advertirlo, fui aprendiendo una peligrosa equivalencia: si obedecía, me aprobaban; si complacía, me querían; si no era ruidosa e inquieta, me aceptaban mejor. Entonces me esforzaba un poco más en callar una respuesta, aceptar sin discutir, hacer lo que se esperaba de mí. Yo comenzaba a entrenarme en el arte de complacer.
Con los años comprendí que detrás de aquella docilidad también habitaba una profunda inseguridad. Si no confiaba plenamente en mi propio valor, necesitaba encontrarlo en la mirada de los demás. Ser impecable se convirtió, poco a poco, en una manera de sentirme merecedora de afecto.
Pero la perfección siempre exige un poco más. Nunca alcanza.
Y así, junto con la necesidad de agradar, fue creciendo el temor a equivocarme, a decepcionar, a no cumplir con aquello que esperaban de mí. El fracaso dejó de ser simplemente la posibilidad de cometer un error: podía significar perder la aprobación que tanto necesitaba.
Con los años comprendí que vivimos rodeados de contrastes. Nadie habita únicamente la luz ni permanece para siempre en la oscuridad. En una misma persona pueden convivir la ternura y la ira, la fortaleza y la fragilidad, la paciencia y el desborde. Tal vez necesitemos conocer los opuestos para aprender a reconocerlos.
A mi corta edad no podía entender cómo alguien pacífico podía volverse hostil, ni cómo la misma persona podía pasar de la tolerancia al enojo con tanta rapidez.
Hay un episodio de mi infancia que, aunque ocurrió cuando yo tendría dos años, permaneció en la memoria familiar.
Un día estaba junto a mi mamá en la cocina. Ella preparaba la comida y yo estaba sentada sobre la mesada. En un momento abrió la puerta del horno y, de repente, una explosión produjo un estampido tan fuerte que nos arrojó a las dos al suelo.
Mi abuela no estaba en casa. Había viajado durante unos días con mi hermana y, cuando regresó, fui yo quien le contó lo sucedido.
Según recuerda mi mamá, con mis escasos recursos de niña resumí aquella experiencia en una frase:
—¡La cocina hizo pum!
Era mi verdad. La manera sencilla y espontánea que tenía una niña pequeña de contar lo que había visto y vivido.
Poco a poco fui aprendiendo a desconfiar de mi propia percepción. Si aquello que veía podía no ser cierto, si aquello que recordaba podía ser desmentido, entonces ¿Cuánto podía confiar en mí misma?
Tal vez allí comenzó a instalarse otra grieta silenciosa en mi autoestima: la necesidad de comprobar una y otra vez si lo que sentía, pensaba o recordaba tenía suficiente valor como para ser escuchado.
II
Vivíamos en la casa de mi abuela materna y a ella le gustaba contar sus vivencias. Algo que le hacía bien decir, que era una niña curiosa e inteligente. Tenía una enorme necesidad de aprender, En aquellos tiempos, las posibilidades educativas no eran iguales para todos y, en su entorno, el aprendizaje formal estaba destinado principalmente a los varones. Pero mi "nona" no parecía dispuesta a aceptar que el conocimiento le estuviera vedado por ser mujer.
Entre sus obligaciones cotidianas estaba el cuidado de los cerdos y de otros animales. Debía vigilar que los bebederos tuvieran suficiente agua y colaborar en la tarea de hacer funcionar el malacate, movido por caballos, para extraer agua del pozo. Eran responsabilidades importantes para una niña, pero ni siquiera el trabajo lograba apartarla de aquello que verdaderamente la atraía: aprender.
Cuando encontraba un pequeño intervalo entre sus tareas, tomaba un palito y trazaba letras sobre la tierra.
Y mientras vigilaba los animales que pastaban, encontraba otra manera de ejercitar su mente. Juntaba pequeñas piedras y con ellas practicaba sumas y restas. Así, fue apropiándose de conocimientos que nadie parecía haber pensado en ofrecerle.
Aprendía a escondidas lo que su padre le enseñaba a los hijos varones, y desafiando las normas que establecían qué podía o no podía hacer una niña.
Aquella perseverancia terminó convirtiéndola en la primera mujer de su familia que aprendió a leer, escribir y realizar las operaciones matemáticas básicas. La única que continúo escribiendo cartas en piamontés a sus familiares de Italia.
Llegó entonces a lo que antiguamente se llamaba “la edad de merecer”, expresión utilizada para referirse a la etapa en que una joven comenzaba a enamorarse. Su noviazgo se convirtió en matrimonio y después de algunos infortunios para ser padres, una niña consiguió aferrarse a la vida, fue mi madre.
Para su padre, esa pequeña era un tesoro, él la contemplaba como algo extraordinario, como la hija que finalmente había logrado quedarse entre sus brazos. La quería profundamente y la hacía sentir especial.
La vida familiar transcurrió bajo un mismo techo. Mis bisabuelos compartían la casa con sus hijos y las respectivas familias de estos, conformando uno de aquellos hogares numerosos en los que varias generaciones aprendían a convivir, trabajar y ayudarse mutuamente.
La intimidad casi no conocía fronteras. Los espacios, las obligaciones y buena parte de la crianza eran compartidos.
Construyeron una vida estrechamente ligada al campo y a las actividades agrícola-ganaderas, que ocupaban buena parte de sus jornadas, aunque siempre encontraba algún momento para compartir con los demás.
Entre las mujeres, las tareas cotidianas se distribuían de manera organizada. Mi nona se ocupaba incansablemente de lavar, planchar y preparar las comidas, mientras su cuñada atendía a sus propios hijos y también a sus sobrinos. En una casa llena de adultos y niños, cada una sabía qué debía hacer y la colaboración resultaba indispensable.
Compartían también aquellos pequeños quehaceres cotidianos que hoy pueden parecer difíciles de imaginar.
Uno de ellos era el momento del baño.
No había duchas ni agua caliente disponible con solo abrir una canilla. Había que comenzar mucho antes, calentando grandes ollas de agua sobre el fuego de la cocina a leña. Cuando finalmente alcanzaba la temperatura adecuada, ellas preparaban el baño y se ayudaban mutuamente.
Una comenzaba llenando un recipiente con agua tibia y la dejaba caer lentamente sobre el cuerpo de la otra, desde la cabeza hasta los pies, como una pequeña lluvia doméstica. Después intercambiaban los roles.
Una bañaba a la otra.
Imagino aquella escena sencilla, casi como un gesto de hermandad nacido de la necesidad. Lo que hoy resolvemos en pocos minutos con las comodidades modernas requería entonces tiempo, preparación y, muchas veces, la ayuda de otras manos.
Pero no todo era trabajo.
También había tardes en las que la familia dejaba atrás las obligaciones y se marchaba al río. Esos días parecían tener otro ritmo. Los hombres se aventuraban en la piragua, recorriendo las aguas en busca de peces, mientras las mujeres permanecían en la ribera junto a los niños, disfrutando del sol y del descanso.
Durante aquellas horas, la vida parecía más sencilla.
El río, las conversaciones, las risas de los chicos y la espera de quienes regresarían de pescar componían una escena de tranquilidad que mi madre conservaría entre sus recuerdos felices.
Ella era la menor de los primas y creció rodeada de ellos. Jugaban juntos con la familiaridad de verdaderos hermanos, compartiendo aventuras, secretos y travesuras.
Con el paso de los años, mi abuelo y su hermano decidieron comprar dos campos lindantes. La adquisición significaba crecimiento, trabajo y la posibilidad de que cada familia construyera su propio espacio. Para los adultos, seguramente representaba un avance.
Para mi madre, en cambio, significó una separación.Mi madre extrañaba los juegos y la compañía de sus primos, pero hubo una ausencia que sintió especialmente: la de su tía.
Había recibido de ella cuidados, protección y un cariño que sentía maternal.
Y de esa manera, fue creciendo.
Era una niña inteligente, curiosa y disfrutaba profundamente de aprender. Ir a la escuela no representaba para ella una obligación.
Al llegar el momento de cursar sus estudios secundarios, tuvo que trasladarse a la ciudad. Durante la semana se alojaba en el internado de una escuela de monjas y regresaba a su casa los fines de semana.
Aquellos años alimentaron un sueño, quería ser maestra.
Estudiaba con entusiasmo y comenzaba a imaginarse frente a un aula, enseñando a otros aquello que tanto placer le producía aprender. Pero ese anhelo se interrumpió abruptamente un día viernes que los adultos tomaron la decisión de retirarla del internado. No hubo despedida de aquella vida que había comenzado a construir ni oportunidad de terminar lo que había empezado. De un momento a otro dejó de ser la estudiante que soñaba con convertirse en maestra para regresar a las obligaciones de la casa y del campo. Empezó a cursar lecciones de corte y confección a distancia.
Han pasado muchos años y, sin embargo, cuando mi madre recuerda aquel viernes, todavía la invade la nostalgia hasta las lágrimas.
III