Verso

El peso de quedarse

En el libro: Trilogía; "Llego en I, dos, 3"

El peso de quedarse

Él:
—Vengo de raíces gauchas.
Crecí viendo la bravura.
Y yo... no sé.
A veces siento que los decepciono.
La última jornada fue dura
desde que la luz quebró la escarcha
en mi ventana y escuché
el murmullo lejano del gentío,
entre rondas de mate
y ginebra para el frío.
La oración de alabanza, salud y bendición
me dio más coraje
y me convenció de que soy capaz
de pertenecer a su linaje.

Ella:
—Entiendo, porque yo también
viví mucho tiempo
tratando de encajar en mi familia,
aunque me hiciera daño.
Confundí sometimiento
con identidad.

Creía que acostumbrarse
era una forma de amar.

Él:
—Creo que eso no es amor.
Yo disimulo mis flaquezas
alzando el ala del sombrero.
Con permiso de mi pingo,
ajusto la cincha mientras lo miro,
emparejo los estribos
sin dañar su pelaje.
Al galope por la llanura,
embelesado por el trinar de las aves
y distraído por el viento en el molino,
escucho el ganado mugiendo...
Sé que no sospechan
el atropello de la paisanada
que pronto los alcanzará.

Ella:
—¿Y qué te pasa
en ese momento?

Él:
—Se me hielan las venas.
El ternero se resiste...
Me estremezco con el filo del berijero,
que también taja mi entendimiento.
Doy manija a la fragua,
envalentonando mi hombría.
No quiero ser parte de esa escena,
veo la euforia de los míos,
alientan el chirrido
y el olor a cuero quemado...
Arden sus iniciales
en el paisaje recostado.
Ella:
—Debe ser difícil
envolverte de apariencias.
Él:
—No he salido bravío,
lo entiendo...
Pero la tradición persiste en mí
y me agobia el peso de lo legítimo.
todavía me agobia.

Siento alivio cuando la animalada va hacia el monte,
a paso lento, como si el alambrado
no fuera a limitar su libertad.

Ella:
—Cuando uno empieza a cambiar,
todo se rompe.
Eso me pasó a mí.
Recuerdo que a veces callaba.
Otras sonreía, para ocultar la tristeza
como una vil mentira doliente.
La recompensa con migajas
tras promesas sin cumplir,
y la necesidad de calmar
ese corazón
que confundió amor con protección.
Él:
—Tengo miedo si dejo de obedecer.
¿Y si dejo de pertenecer?
Ella:
—Yo no salí de golpe.
Primero descubrí

que mis miedos eran creencias.
Me sentía incompleta
y me aterraba
la idea de no ser querida.
La duda y el descontrol
quisieron manejarme.
Tensaba los hilos con todas mis fuerzas
sosteniendo lo que ya se había escurrido.
Elegía no escucharme.

Él:
—¿Y cómo sabés cuándo llega el momento?
Ella:
—Cuando,
Llorando frente al espejo,
dejé caer la vieja armadura.
Me hablé duro. Sin compasión.
Vi el fuego correr por dentro como ríos ardientes.
Hasta que comprendí que su misión nunca fue
sanar a una niña herida.
Aprendí a liberarlo sin reclamos...
y entendí que mis errores
también fueron parte de su desdicha.

Él:
—¿Y cómo fue soltar?
¿Se sintió como una despedida?
Ella:
—Al principio el invierno
es interminablemente helado.
La gelidez de mis piernas bajo las sábanas,
la inmensidad de la cama,
mi cabeza buscando su hombro
en el lado derecho de la almohada...
Soñaba su figura en las paredes
y pronunciaba su nombre en la oscuridad.
Cada intento por retenerlo
era un engaño a mi ternura;
me desgarraba más y más.
Supe que sanar, era mi deber.
Él guardó silencio.
Se quitó el sombrero lentamente
como quien deja caer un personaje.
Los payadores siguieron guitarreando
mientras el cielo bostezaba

y el horizonte parpadeaba
tragando las cenizas de los viejos mandatos.
Y si aún quedara alguna aspereza,
el viento sabría volarla.

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